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lunes, 10 de septiembre de 2012

AUTUMN BEFORE AUTUMN

La ciudades británicas tienen ese discreto encanto: siempre parecen sumergidas en un melancólico otoño. Aunque el verano se resista, el color de los adoquines, las piedras de las fachadas, algo en los cuadros escoceses, te hace sentir un otoño prematuro, el tiempo perfecto para perderse en la ciudad. Y si además te pierdes en dúo descubres de nuevo los crescents y los circus, las escaleras de peldaños imposibles (y enmoquetadas), los timbres minúsculos para apartamentos gigantescos. Casi todo es discreto, incluso los jardines privados, algo fantasmales, pero discretos. Poblados de bancos vacíos (el mobiliario urbano por excelencia inglés es el banco de madera para dos) son algo así como esculturas urbanas, intocables, hay que admitir que las ganas de asaltarlos, de saltar sobre la valla e invadir la propiedad privada, es un instinto natural al pasar cerca de un impecable jardín urbano. Cuando te pierdes en una ciudad británica, tropiezas con calles de garajes, descubres huecos por dónde espiar. Luego te vuelves a reír con Mr.Bean y sus viajes en la ciudad, sus lugares son tan esperpénticos como reales: bancos para comer el sandwich en diez minutos, intersticios imposibles cerca del mar,aparcamientos interminables, pero también aulas de examen congeladas en los años treinta y casas de cortinas floreadas.Cuando te pierdes en una ciudad británica deseas quedarte un poco más en pausa en ese fresco  mientras suena I want the world to stop.En este vídeo Baxter Dury persigue a Claire, la observa desde arriba, sube azoteas, también se pierden juntos en ese otoño inglés impregnado de gabardinas, tea shops y líneas pintadas en el asfalto. En él recordamos también a Antonioni y la ciudad plagada de fotografías de Blow up. Unos años sesenta a los que algunos querrían volver, sobre todo perdiéndose en una ciudad británica. Antonioni también lo sabía: los jardines ingleses tienen algo de inquietantes. Dejemos que el otoño inunde la ciudad mientras recordamos con nostalgia el verano.
E.G.



 Videoclip Claire de Baxter Dury


Superville en Edimburgo, verano 2012.
Fotografías: Luismi Romero Carrasco




lunes, 2 de abril de 2012

DEJAR HUELLA


Existe una necesidad, quizás casi universal, de dejar huella allí por dónde pasamos. Desde antiguas inscripciones (incluso en cuevas) hasta los mensajes en árboles mutilados por un corazón atravesado con una flecha. Muchos hemos sentido el impulso alguna vez de colaborar en algún mensaje colectivo de alguna puerta de aseo o dejar alguna palabra sobre una ventana con vaho, en el coche, de viaje. Al salir de la ducha con suerte podemos tropezar en el espejo con un mensaje semi-oculto junto a nuestra cara de ser humano recién levantado. En las mesas del colegio las firmas se acumulan, las señales, los dibujos,… ¿Y en la ciudad?¿Cómo dejamos huellas?¿Cuáles son las huellas de nuestro pasado en las calles, en los bares, en los edificios? Los lugares se cargan de significados que van cubriendo las capas de nuestra memoria. A veces el recuerdo es una huella suficiente. Observando edificios medio destruidos,  podemos observar con detalle como un tiempo ajeno se ha paralizado, mientras cuelga de la pared el papel pintado, huellas de habitantes del pasado. Cada mañana observo como, inmóviles, la cafetera, los vasos, las sillas siempre en la misma posición, compiten con el paso del tiempo, en una obra abandonada frente a mi balcón. Ellos también dejaron huella, justo cuando la obra se detuvo definitivamente después del almuerzo. Recuerdo aquel día caluroso y ahora petrificado en mi visión diaria, hace un año ya. Los artistas urbanos lo saben bien. Dejar huella para ellos en la ciudad es su forma de crear, también de decir: estuve aquí. Superville quiere de vez en cuando añadir un humilde, “por aquí pasé”. Los lugares tienen huellas, y nosotros las creamos y reinventamos constantemente.
E.G.


                                                              Superville en Reykjavik, verano 2011
                                                                   fotografías: Luismi Romero


lunes, 5 de marzo de 2012

EL INCREÍBLE CASO DEL MURO MUTANTE


Quizás paseando por la ciudad ya os habéis tropezado con algún muro olvidado, límite o principio de algo difuso. ¿Dónde acaba y empieza el espacio público? ¿Es en la piel del muro?¿Es en el límite de la propiedad? El centro de nuestra ciudad está cada vez más poblado de muros. Los hay altos e inquebrantables, los hay más bajos, olvidados por su altura (y son muretes), o más livianos (y son verjas), algunos contienen mensajes secretos y otros esconden rastros de una vida mejor. En algunos crecen pieles como huellas en el tiempo. Los más sofisticados han tenido la suerte de ser el objetivo de algún artista urbano. Llevamos semanas viendo muros por todas partes…Esta es la historia de una obsesión.

Todo empezó con un flechado a primera vista. Aquel muro destartalado que bordeaba la plaza tenía algo de inquietante. ¿Era su aspecto un ingrediente más para el aspecto desangelado de la plaza? Sin duda, sí. Nos preguntábamos si alguien más había reparado en ello… Encontrándonos frente al muro reconocemos un lugar dónde ocurren cosas todos los días y, ¡No son pocas! A pesar de ser un fragmento urbano casi olvidado, por su situación (junto al Mercado Central de Valencia y la Lonja de pescadores) y su genética (la plaza es heredera de una antigua traza inconclusa de la ciudad) el lugar sobrevive con su uso. Si paseas es posible que tropieces con pelotas de niños jugando, turistas despistados en pleno recorrido por el centro histórico, el ir y venir de las bicicletas de alquiler, las mesas del restaurante y sus comensales disfrutando del sol, algún habitante de la calle Cajeros a punto de subir a casa, las flores de los comercios bordeando los accesos o mercadillos efímeros en fiestas. Aunque también sirve la plaza por desgracia como aparcamiento provisional y las grietas del muro como escondite de trapicheos ocasionales. En este escenario, el muro, plantado e imberbe, permanece quieto, recordándonos la fina línea que separa a veces lo privado de lo público. En una declaración de humildad toca el suelo para proporcionar el único banco-piedra que sirve de apoyadero para las pausas de los cocineros o paseantes en la plaza. El increíble caso del muro mutante surge justo cuando estábamos a punto de intentar cuidarlo más, disfrazarlo, invitarle a conversar, hacer una fiesta en su honor. Nos complace pensar que en él ya estaban pensando otros que hace unos días tomaron las riendas del asunto. Y, nos guste o no el resultado, ahora el muro es el protagonista más colorido de la plaza y el reflejo de lo que algunos deseamos sobre el devenir del lugar. 

Os invitamos a que reconozcáis el lugar y compartáis  vuestras impresiones sobre él o colaboréis si os apetece contándonos la historia de algún muro vuestro. Relatos, fotos y cualquier proposición, pregunta, reflexión o inquietud será bien recibida…




Imágenes muro Plaza Taula de Canvis, antes de la última intervención, Valencia.

Nosotros no nos olvidamos de nuestro muro, allí sigue rodándonos la cabeza, ¡Y colgado de nuestra puerta!



martes, 12 de julio de 2011

COMBOI AL CONVOY, PSICOGEOGRAFÍA EN EL METRO

Superville colabora en....

¡Os esperamos en la aventura subterránea!







Proyecto dentro de Encuentros de Arquitecturas Colectivas Valencia 2011
COMBOI A LA FRESCA


EL PRIMER SUPERVILLE


Le debemos nuestro nombre al honorable teórico y artista holandés David Pierre Giottin Humbert de Superville que allá por el siglo XVIII elaboró sus infravaloradas teorías. Según Humbert de Superville nos proyectamos sobre lo que nos rodea, por ello vemos animales en las nubes y apariciones en las manchas de la pared. En su Ensayo sobre los signos incondicionales del arte nos acerca a aquellos mecanismos mentales que nos provocan determinadas emociones en las obras de arte. Así las líneas y los colores se sumergen en nuestro inconsciente bajo la forma de signos incondicionales. Desde nuestros escenarios urbanos hemos querido hacer un pequeño homenaje a nuestro particular superhéroe, cuyo apellido nos recuerda también a la ciudad que nos divierte.