lunes, 5 de marzo de 2012

EL INCREÍBLE CASO DEL MURO MUTANTE


Quizás paseando por la ciudad ya os habéis tropezado con algún muro olvidado, límite o principio de algo difuso. ¿Dónde acaba y empieza el espacio público? ¿Es en la piel del muro?¿Es en el límite de la propiedad? El centro de nuestra ciudad está cada vez más poblado de muros. Los hay altos e inquebrantables, los hay más bajos, olvidados por su altura (y son muretes), o más livianos (y son verjas), algunos contienen mensajes secretos y otros esconden rastros de una vida mejor. En algunos crecen pieles como huellas en el tiempo. Los más sofisticados han tenido la suerte de ser el objetivo de algún artista urbano. Llevamos semanas viendo muros por todas partes…Esta es la historia de una obsesión.

Todo empezó con un flechado a primera vista. Aquel muro destartalado que bordeaba la plaza tenía algo de inquietante. ¿Era su aspecto un ingrediente más para el aspecto desangelado de la plaza? Sin duda, sí. Nos preguntábamos si alguien más había reparado en ello… Encontrándonos frente al muro reconocemos un lugar dónde ocurren cosas todos los días y, ¡No son pocas! A pesar de ser un fragmento urbano casi olvidado, por su situación (junto al Mercado Central de Valencia y la Lonja de pescadores) y su genética (la plaza es heredera de una antigua traza inconclusa de la ciudad) el lugar sobrevive con su uso. Si paseas es posible que tropieces con pelotas de niños jugando, turistas despistados en pleno recorrido por el centro histórico, el ir y venir de las bicicletas de alquiler, las mesas del restaurante y sus comensales disfrutando del sol, algún habitante de la calle Cajeros a punto de subir a casa, las flores de los comercios bordeando los accesos o mercadillos efímeros en fiestas. Aunque también sirve la plaza por desgracia como aparcamiento provisional y las grietas del muro como escondite de trapicheos ocasionales. En este escenario, el muro, plantado e imberbe, permanece quieto, recordándonos la fina línea que separa a veces lo privado de lo público. En una declaración de humildad toca el suelo para proporcionar el único banco-piedra que sirve de apoyadero para las pausas de los cocineros o paseantes en la plaza. El increíble caso del muro mutante surge justo cuando estábamos a punto de intentar cuidarlo más, disfrazarlo, invitarle a conversar, hacer una fiesta en su honor. Nos complace pensar que en él ya estaban pensando otros que hace unos días tomaron las riendas del asunto. Y, nos guste o no el resultado, ahora el muro es el protagonista más colorido de la plaza y el reflejo de lo que algunos deseamos sobre el devenir del lugar. 

Os invitamos a que reconozcáis el lugar y compartáis  vuestras impresiones sobre él o colaboréis si os apetece contándonos la historia de algún muro vuestro. Relatos, fotos y cualquier proposición, pregunta, reflexión o inquietud será bien recibida…




Imágenes muro Plaza Taula de Canvis, antes de la última intervención, Valencia.

Nosotros no nos olvidamos de nuestro muro, allí sigue rodándonos la cabeza, ¡Y colgado de nuestra puerta!



viernes, 17 de febrero de 2012

VER PARA EXISTIR


Sólo lo que vivimos existe. Imagino que esta afirmación se aleja mucho de lo que podemos llegar a deducir de una manera más o menos razonable. Porque, si sólo existe lo que vivimos, lo que tocamos, lo que podemos ver, podría afirmar sin problemas que, por ejemplo, los canguros no existen, y por extensión que Australia tampoco. Y casi podríamos decir, como en aquel álbum: Tú no existes. Todavía no he tenido oportunidad de visitar ese territorio ni de observar en directo ningún marsupial saltarín. Si ahora tratamos de dibujar un mapa de nuestros lugares vividos, ¿Por dónde empezamos?¿Qué trazamos?¿Son mapas, son imágenes, son olores? Si sólo existe lo que experimentamos únicamente podríamos plantearnos representar aquellos lugares por dónde hemos pasado. Australia desaparecería del mapa, y como ella buena parte del globo. Es cierto, de alguna manera construimos nuestra propia cartografía apropiándonos de las experiencias que vivimos allá por dónde dejamos huella, o no. A veces incluso podemos recordar detalles aparentemente insignificantes de los lugares donde hemos compartido un ¡Buenos días!, visitado un amigo o simplemente paseando bajo el espléndido sol de invierno. Y así se va dibujando nuestro mapa, tan único como cada individuo, tan exclusivo que nunca uno podría ser  igual a otro. Algunos no ocuparían a penas espacio, otros, para los más viajeros, dibujarían larguísimas rutas alrededor del planeta. Incluso algunos podrían dibujar tierras lunares. Entonces nuestra ciudad quedaría reducida a los lugares que reconocemos en nuestra memoria. Además sería un mapa que se iría extendiendo en el tiempo, porque cada vez habríamos descubierto una esquina más, un árbol más, una habitación más, otro país. Esta cartografía subjetiva se parecería mucho a lo que planteó la artista Nina Katchadourian cuando se propuso representar la experiencia vital bicostal de su país, subrayando sus desplazamientos de un lado al otro de las dos costas en Estados Unidos. El centro del país desaparece, nunca vivió allí. Sin duda nos hace intentar reconstruir como sería nuestra propia cartografía, nuestros lugares en el mundo. Aunque debemos admitir que a veces podemos no estar justo aquí, y con nuestra imaginación viajar a lugares lejanos, y por ello no dejan de existir. Incluso si nos concentramos podemos volver a estar allí dónde estuvimos una vez. Algo así como viajar en el tiempo sin movernos de la silla.
E.G.



Imagen de la obra Coastal Merger de Nina Katchadourian

No os perdáis los trabajos con mapas de la artista:



miércoles, 15 de febrero de 2012

¿SUBVERSIÓN O CREATIVIDAD?

"C'est en faisant n'importe quoi, qu'on devient n'importe qui" (haciendo cualquier cosa, te puedes convertir en cualquiera) es el lema de Remi Gaillard. Este ex-vendedor de zapatillas francés saltó a la fama como impostor en eventos deportivos de todo tipo - ¡incluyendo la final de la Coupe de France!. Sin embargo, la temática de sus vídeos es de lo más variopinta: ascensores customizados, circuitos reales de Mario Kart, imitaciones del Papa, luchadores de sumo en medio de rotondas... Uno de mis preferidos es el titulado Gymnastics en el que Gaillard utiliza el mobiliario urbano para simular pruebas de atletismo. Para mucha gente, se trata de un humor subversivo e irrespetuoso - y en ocasiones no cabe duda de que lo es - pero no se puede negar el enorme esfuerzo creativo que requiere ver la ciudad con "ojos de atleta", reinterpretarla, y utilizar sus elementos de "forma alternativa".
Por otro lado, también sorprende lo mucho que se parecen ciertas instalaciones deportivas al mobiliario urbano... ¿o es al revés? ¿Tan poca imaginación tenemos las personas para que objetos con finalidades tan distintas se parezcan tanto? ¿O se trata de un guiño entre los diseñadores de unos y los arquitectos de los otros?


Subversivos o alternativos, los vídeos de Remi Gaillard reciben millones de visitas desde todos los rincones del mundo. Parece evidente que sus inofensivos desafíos a las normas y a la forma habitual de vivir la ciudad despiertan la simpatía y curiosidad de muchísimas personas. ¿Será porque salirse del camino preestablecido es un impulso tan natural en los seres humanos como el de construir dicho camino? Desde este punto de vista, los vídeos de Gaillard podrían llegar a considerarse experimentos sociológicos... O quizás se trata, simplemente de vídeos divertidos. Depende de cada uno.
R.O.

Remi Gaillard

lunes, 6 de febrero de 2012

MICROPOÉTICAS DEL ESPACIO

Si fuéramos diminutos la ciudad cobraría dimensiones inalcanzables. Tardaríamos una vida en recorrer nuestros rutinarios caminos, no alcanzaríamos a abrir la puerta de casa. La cerradura estaría fuera de nuestro dominio, tendríamos que escalar, ingeniárnoslas para elaborar estrategias a pequeña escala. Cualquier paso humano sería un peligro de muerte inminente por aplastamiento. Si fuéramos diminutos nos colaríamos en rendijas y agujeros, nos construiríamos un refugio a medida, un lugar dónde nuestro tamaño  y el de lo que nos rodea no entrase en conflicto. Seguimos tropezándonos en la ciudad con dispositivos que nos hacen viajar a otras escalas, otras dimensiones del espacio público. Esta vez no son balones gigantes, son parches pensados como micropoéticas  del espacio que podrían pasar desapercibidos un día de prisas, dónde el escenario que nos rodea se convierte en  invisible. Pero si abrimos bien los ojos, las esquinas, los bordes, los pequeños agujeros en lugares imposibles pueden poblarse de diminutos remiendos de colores. Es un gesto delicado, un pequeño punto de exclamación que, por sus dimensiones, al observarlo parece que revisitemos el lugar con  lupa, como si de repente nos pudiésemos encontrar con microscópicos constructores de ciudad. Las piezas que nos regalan desde este Dispatchwork se repiten en múltiples lugares, recorriendo países. Parece que ha tenido un efecto multiplicador. Quizás la fuerza reside también en la implicación y el juego que propone para el que esté dispuesto a participar y construir con pequeñas piezas su propio remiendo. Según Platform 21, uno de los diferentes colectivos que proponen estas acciones, se trata de reparar la ciudad, como ya lo explicaban en su Repair Manifesto. Es entonces algo así como cuidar esos pequeños detalles, devolverles la materialidad que el desgaste y el tiempo les robó.
E.G.








Imágenes Distpatchwork.info

Para los que queráis conocer estas acciones:






miércoles, 1 de febrero de 2012

INSTINTO DE PERSONALIZACIÓN

Personalizar” según la RAE, significa “dar carácter personal a algo”. Pues el otro día me encontré, por casualidad, en una casa que era la idea de personalización hecha realidad. Un espacio en el que, cada rincón, cada objeto, cada detalle, encapsula un trocito de la personalidad y de la historia vital de su dueño. En 50 metros cuadrados de perfecta combinación gris-negro-verde pistacho, pude encontrar desde una máquina de escribir Underwood heredada, pasando por un stylophone recién adquirido, hasta una pared con pintura imantada fruto de horas de capa sobre capa. Porque, en ese lugar, nada es casual y todo, absolutamente todo, tiene un significado: la réplica de la espada del Rey Arturo regalo de un familiar próximo, una mesa de Ikea forrada con un mapa del mundo antiguo, una colección de relojes regalados, un armario lleno de especias y tés traídos de distintos viajes, una manta tejida por su madre, una pared de pizarra donde cada visita puede dejar su huella, un buda-llavero cubierto de collares y pulseras de sus sobrinas autoproclamadas princesas... Este espacio intenso, salpicado – o mejor dicho: empapado - del “carácter personal” de su creador, envuelve al visitante y expresa una voluntad: la de personalizar hasta crear un lugar, sin duda, único en el mundo.

Indudablemente, se trataba de una casa poco común, resultado de meses de esfuerzo y “elaboración”. Sin embargo, resulta curioso encontrar expresiones de este impulso “personalizador” también a escalas mucho mayores. Me refiero a esa calle recientemente adoquinada, sembrada de árboles enjaulados y perfectamente alineados, al “estilo del alcalde”; o el gran monumento faraónico que refleja la interpretación tan personal y, al mismo tiempo, tan política, de lo que considera “moderno” un gobierno autonómico.



Al final, voluntariamente o involuntariamente, no podemos contener este instinto de nidificación que nos obliga a dejar huella, a expresarnos a través de los objetos, a esparcir trocitos de nosotros mismos en todo lo que nos rodea. Al fin y al cabo, somos lo que habitamos, ¿no?
R.O.

martes, 24 de enero de 2012

ENCAJES HINCHABLES

A veces, caminando cerca de un colegio o parque, escuchamos a lo lejos unas voces que reclaman nuestra ayuda. El balón de football, la pelota de tenis, la de ping-pong, suelen ser elementos que con frecuencia intentan escapar de sus límites preestablecidos. Con seguridad, uno recoge el balón y observa como sobrevuela la verja, muro o matorral que suele separarlo de sus dueños. Los gritos de alegría al recuperarlo culminan la hazaña, aunque, si es detrás de un muro, muchas veces no alcanzas a observar las caras sonrientes, después de la espera. Imagino que a todos nos ha ocurrido alguna vez, y no sé porqué tiene algo de satisfactorio lo de tropezar con una pelota ajena y lanzarla de nuevo a su propietario. ¿Qué ocurre cuando el balón con el que te tropiezas es ocho veces más grande que tú y obstruye tu calle? En el caso del Red Ball Project se trata de un gigante balón inflable rojo que puede aparecer tanto embutido en la callejuela junto a la panadería como flotando en el balcón del ayuntamiento. El protagonista es un intruso aterrizado en la ciudad que no puede pasar desapercibido y tiene algo de las esculturas de objetos fuera de escala de C. Oldenburg. El gigante rojo tiene todos los elementos para seducirnos por sorpresa al girar una esquina. Con su presencia desproporcionada en el espacio público de la ciudad nos pregunta: ¿Qué hago yo aquí? La sonrisa es inevitable. El artista Kurt Perschke ha paseado su enorme globo rojo por medio mundo marcando rincones insospechados, trepando puentes e invadiendo monumentos acompañado de su descomunal compañero. Nos recuerda a aquella película de Albert Lamorisse dónde un globo rojo (de tamaño normal) se convertía en el mejor amigo de un niño que paseaba la gris París a mediados de los cincuenta, y coloreaba las paradas de autobús, las farolas y las ventanas con su presencia. De momento el Red Ball Project ha invadido ciudades como Abu Dhabi, Toronto, Chicago o Taipei. ¿Quién sabe? Quizás la próxima parada la haga en tu ciudad.
E.G.





fotografías: redballproject.com

Si queréis conocer el proyecto:



martes, 17 de enero de 2012

BLANDURAS BAJO LOS PIES

Todos hemos experimentado alguna vez el placer de caminar sobre superficies insospechadas. Algunos incluso modificamos recorridos para poder caminar sobre las alfombrillas situadas en los accesos de algunos establecimientos o nos colamos en los parques infantiles para volver a sentir la blandura bajo los pies. Quizás nuestros pies sean esos grandes olvidados en el espacio urbano, y eso que el paseante lo sabe bien, ellos son los eternos protagonistas de nuestras andaduras. Unos zapatos recién estrenados o alguna piedra del camino pueden marcar la diferencia entre un placentero paseo o una alargada tortura. En nuestras casas sin embargo parece que sí que dedicamos algún que otro ritual a nuestras plantas de los pies. Y es que nuestros hogareños suelos nos dan la clave. Entramos a través del felpudo (cepillo y sonido), nos acomodamos para leer sobre la alfombra (suave y caliente), salimos de la ducha y caemos sobre la esterilla (lo primero que hay que secar son los pies). Todo este placer se multiplica si pensamos en caminar sobre la arena (húmeda o caliente), sobre la hierba (mojada o seca) o recordamos deslizarnos, intentando patinar, un día de lluvia sobre algún que otro pavimento de nuestra ciudad (con el riesgo de rompernos varios huesos a la vez). Todo apunta a la blandura como placer para nuestros pies. ¿Nunca habéis soñado con una ciudad enmoquetada? ¿Con caminos de alfombrillas?¿Con pavimentos movedizos? Para los que compartáis este placer, el estudio de arquitectura francés Raum ha ideado la Ville Molle (la ciudad blanda), un pavimento  blando de adoquines capaces de responder al movimiento generado sobre su superficie. Esta blandura urbana nos recuerda que todavía es posible acercar el espacio público a nuestros sentidos. Como ya vimos con las fachadas musicales de stadt:klang a veces la ciudad se puede convertir en el escenario de lo imprevisto y la sorpresa para nuestros oídos, nuestras manos, ¡Y nuestros pies!
E.G.


                             

foto: raum.fr

Para saber más de la Ville molle de Raum: